Biblia y verdad

Por Salvador Mendiola

CDMX a 10 de febrero de 2020 (Noticias México).- En pocas palabras, desde la mirada atea, el texto de la Biblia es de carácter mitológico. No es un discurso realista y verídico el que anima su contenido, sino un relato fantástico. Porque Dios, el protagonista y monotema de todo lo que allí se cuenta, es un ser indeterminado, no se puede explicar de forma racional, se requiere de fe para aceptar su existencia. Y la fe significa dejar de pensar por cuenta propia y no poder aceptar la verdad como es, sino como dicta la fe.

Hasta donde yo llevo investigado, sólo dos de los libros que forman el amplio texto de la Biblia tienen relación real con la historia que narran, no son versiones imaginarias de lo que cuentan. Tales dos libros son los titulados como Esdras y Nehemías en las biblias cristianas, y como un libro titulado con los dos nombres: Esdras-Nehemías en la biblia judía. A los dos se les incluye dentro de un conjunto o capítulo considerado como de los libros “históricos”; pero el resto del grupo de textos que lo integra suele corresponder a relatos hagiográficos, más mito que historia; ya que sólo de modo indirecto se relacionan con la historia real; tal como sucede también con los personajes y relatos de la Ilíada y la Odisea de Homero. Cosa válida hasta para la existencia real del Jesús protagonista del Nuevo Testamento.

El relato histórico de Esdras y Nehemías narra el retorno de los judíos a la tierra de Israel (Sion), después de su largo cautiverio en Babilonia. La trama cubre la historia de un siglo, que va desde el decreto de la liberación de los judíos por parte del gobernante persa Ciro el Grande (538 a.C.) y la edificación del nuevo Templo de Jerusalén en tiempos de Esdras, hasta el final de la actividad configuradora del orden simbólico teocrático de los judíos, por parte de Nehemías (432 a.C.). Dicho orden simbólico estructura de acuerdo a la “tradición” (Cábala) las relaciones de los cuerpos, en lo público y común (el templo y la deuda), igual que en lo privado y propio de cada quien (la casa y la mancha); para así conservar pura la sangre del pueblo “elegido” de Israel; evitando por sistema el matrimonio con mujeres no judías. El objetivo es reformar el judaísmo de Israel de acuerdo a las leyes del período anterior al exilio, las que se supone fueron entregadas por Dios a Moisés y vueltas realidad como pueblo elegido por la existencia del rey David.

La misión de Esdras era unir bajo una sola legislación a los repatriados de Jerusalén, al situar el poder bajo la égida de la casta sacerdotal de Jerusalén; y la misión de Nehemías era establecer la pureza de la Ley, oponiéndose a las deformaciones de la comunidad de Jersusalén y sus vecinos; pero sobre todo a los samaritanos, porque no reconocían la legitimidad del Templo. Aunque todo lo que en estos dos libros se cuenta está muy cerca de los hechos de la verdad histórica demostrable, no debemos olvidar que también todo nos llega ideologizado; si no fuera así, estos dos libros no formarían parte del canon de la Biblia, tanto de la judía como de la cristiana. Su discurso literal inmediato va dirigido a los judíos creyentes recién llegados del exilio en Babilonia, ya que ellos son considerados el pueblo verdadero de Israel, porque en medio del duro destierro supieron guardar la Ley y su memoria; por eso regresan a Jerusalén; así que ellos son el ejemplo de conducta para los nuevos prosélitos y quienes quieran recuperar la memoria de lo correcto: purificar el templo, expulsar a los extranjeros, restablecer el sacerdocio y la liturgia como centro de la vida de la comunidad.

No existe, que yo tenga noticia, una versión original del texto de estos dos libros de la Biblia, en realidad sus textos nos llegan manipulados e intervenidos en varias etapas históricas. Asi se supone que quien narra la historia, El Cronista, es en unos momentos un narrador anónimo, en otros parece ser el mismo Esdras quien escribe la historia y en otros parece ser Nehemías. Lo que nos conduce a suponer una redacción grupal de lo que fuera el libro original, hecha por un equipo de escribas del siglo V a.C., dirigidos o instruidos por Nehemías y con las correcciones y adiciones hechas por parte de Esdras. Los cristianos separaron los dos libros desde los primeros siglos de la iglesia, y los judíos hicieron lo mismo durante el Renacimiento occidental.

Lo decisivo del peso histórico de estos dos libros consiste, como ya se dijo, en que estructuran el orden simbólico del judaísmo, la tradición que desde entonces se conserva y práctica como tal. Ese sistema del templo y la casa, la “deuda” del “diezmo” para sostener a la casta sacerdotal que cuida la liturgia pública y el cuidado directo de la “mancha” de la “sangre menstrual” de las mujeres en el paño femenino que sirve para que esa casta sacerdotal controle la supuesta pureza del pueblo elegido, tanto en la sangre como en el seguimiento de la Ley. Y tal orden de conducta en lo público y lo privado es el contrato social que representa la circuncisión en los varones; el empleo de los cuerpos de las mujeres como objeto del deseo simbólico (parentesco), imaginario (libido) y real (trabajo) de la comunidad patriarcal falogocéntrica. De manera que este orden simbólico todo lo encierra y controla con el esquema familiar de tipo nuclear; integrado en lo esencial por un padre, una madre y la progenie de ambos; una situación de hábitos cotidianos donde el padre es el propietario original de la madre y la progenie, el dueño de todo: la familia y la hacienda, o sea, la casa.

Es así como se impone en la historia la dominación teocrático-machista de los cuerpos del sexo femenino, uno de los orígenes históricos del gran problema multimodal que ha provocado la necesidad sociocultural de intensificar la actual emancipación y liberación de las mujeres. Una cuestión que así tiene mucho que ver con los usos del texto de la Biblia en tanto que aparato ideológico del patriarcado autoritario; la represión, enajenación y control sacerdotal de lo femenino: la maternidad. Todo lo demás del texto del libro de los libros del monoteismo es mito monótono, un conjunto de ficciones elaborado para sostener tal ideología centrada en el falo, el dinero y el lenguaje fonético-alfabético; la sombra misógina de Dios. Problema que más de dos mil años después pasa de la religión al espacio ciudadano y político del código civil napoleónico del siglo XIX y sus especificaciones sobre el matrimonio y sus propiedades y propietarios. La maquinaria del panóptico falogocéntrico de la familia nuclear dualista que sobredetermina hoy día la identidad de prácticamente todas las personas del mundo, sin importar su sexo o género o preferencia e identidad sexual. La maquinaria que produce identidades padre-macho-amo e identidades madre-hembra-siervo, otra vez sin importar el sexo o el género o la preferencia o la identidad sexual de las personas.

 

 

 

 

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